Añoranza en el final de la vida

Hubo un tiempo en que los médicos entraban en las casas, se sentaban en la mesa con sus pacientes o en la cabecera de sus camas. En muchas ocasiones acompañaban a las familias en el nacimiento de nuevos seres y en la muerte de algunos de sus miembros. El médico era además de sanador, confesor, acompañante.

Después llegó una época en la que con los avances tecnológicos, la medicina se centró en el curar;  la súper tecnología  supuso la gran revolución en cuanto a la capacidad de diagnosticar y tratar,  pero también supuso  una barrera entre el médico y el paciente. El paciente comenzó a desmembrarse; el paciente para unos fue un hígado, para otros un corazón y para otros un hueso. Dejó de pensarse que todos esos órganos pertenecen a un ser que en los momentos finales de su existencia está pasando por una situación difícil, que le acarrea gran sufrimiento.

Además surgió otro problema, pues mientras por un lado la medicina salvaba muchas vidas y curaba enfermedades que hasta entonces eran incurables, por otro prolongaba situaciones de cronicidad, a veces “estirando la vida” en condiciones penosas y acarreando un sufrimiento frecuentemente inútil. Se empezó a acudir a los hospitales ante cualquier síntoma, (estamos hablando de situaciones de fin de vida) y se empezó a morir en ellos, la gran mayoría de las veces solos, aislados, incómodos y ajenos a la propia muerte.

La medicina empezó a ver  a la muerte como el enemigo a vencer y así,  llegando el punto de situaciones insalvables, los propios médicos  empezaron  a abandonar a los pacientes.

Hay quienes piensan que los médicos se angustian porque ven reflejado muchas veces su propio fin y por ello con relativa frecuencia  toman posturas enfrentadas: algunos se empeñan en tratar y tratar con todos los medios disponibles a su alcance aunque las posibilidades de curación sean nulas, constituyendo lo que denominamos encarnizamiento terapéutico; otros dejando de visitar a los pacientes o evitando encontrarse con ellos cara a cara, ante la verdad irremediable de la muerte cercana, en un acto de abandono.

Eric Cassel dice que los cuerpos duelen pero las personas sufren y es este sufrimiento el que se pretende aminorar desde los cuidados paliativos. El sufrimiento de pacientes y familias. En este sentido los cuidados paliativos aportan esa visión y esa instrucción que habitualmente no existe en la mayoría de las especialidades clínicas.

Los cuidados paliativos nos enseñan a acercamos al paciente, a trasmitirle esperanza por medio de la compasión -“Me importas por ser tú”- , con el gesto, con la mirada, con la actitud, como cuando acercamos la silla a su cama y sencillamente nos mostramos disponibles, como diciéndole: aquí estoy, cuéntame, te ayudaré en lo que pueda. Porque cuando no se puede curar es cuando más nos necesitan y cuando más presentes debemos estar, porque  Paliar es acompañar, Paliar es Cuidar.

Francisco Centeno. Médico de Familia